miércoles, 19 de octubre de 2016

CUENTOS DE RESPONSABILIDAD 


Aprendiendo a convivir




María había sido de las primeras de su clase en quitar los ruedines de la bici. Siempre se le había dado muy bien montar en bicicleta y contaba los días para que llegase el fin de semana y poder salir a dar un paseo. 

La verdad es que le hubiera gustado poder ir todos los días rodando hasta el colegio pero, como no había carril bici hasta allí, era imposible. Así que lo primero que hacía cada sábado era buscar las rodilleras, las coderas y el casco en el armario y desayunar un buen tazón de cereales para estar bien fuerte y darle a los pedales.

Una mañana, mientras esperaba en la calle a que su madre bajase también con su bici, María vio pasar muy rápido a un grupo de chicos en bici. Un policía les riñó porque estaba prohibido ir por la acera tan rápido.

-Hay niños pequeños y señores mayores, tenéis que tener cuidado para no hacerles daño -les dijo.

María pudo escuchar toda la conversación entre el policía y los chicos. Ellos estaban un poco avergonzados y prometieron no volver a hacerlo. El policía les recordó que, en las ciudades, todos teníamos que convivir intentando no molestar a los demás. Les dijo que en el parque había muchos tramos de carril bici y que incluso iban a construir más. También les recordó que tenían que llevar siempre el casco, porque, si se caían de la bici, podían hacerse mucho daño.

Nada más bajar su madre, María, que había escuchado muy atentamente las palabras del policía, le dijo que fueran directamente al parque a usar el carril bici. Al llegar, lo primero que hizo fue abrocharse el casco y ajustarse bien las rodilleras y las coderas. Dio tres vueltas al parque y subió y bajó unas rampas que habían puesto en una de las zonas infantiles.

Pasó una tarde estupenda y todavía lo fue más cuando su madre le dejó merendar uno de sus helados favoritos: de vainilla con chocolate.

De vuelta a casa, María volvió a ver al mismo policía. Esta vez no estaba riñendo a los chicos de la bici, sino a una conductora que, con su furgoneta, había pasado demasiado cerca de un grupo de ciclistas. De hecho uno que iba un 
poco despistado estuvo a punto de caerse. La señora, muy arrepentida, prometió que no lo volvería a hacer y se alejó calle abajo.

En ese momento, el policía vio cómo María observaba la escena muy intrigada y se acercó a la 
niña. Le explicó que tenía que estar muy atento a esas cosas porque en la ciudad teníamos que convivir todos y tratarnos con respeto.

-Al igual que las bicis no pueden ir muy rápido por la acera, los coches tienen que separarse bastante de ellas para no causar un accidente -le explicó con mucha amabilidad.

El policía le dijo también que no se olvidase nunca del casco. María, que era una niña muy curiosa y observadora, se fue esa noche a la cama con una palabra dándole vueltas en la cabeza: convivencia. Nunca la había escuchado, pero viendo lo que le había dicho el policía a los chicos de las bicis y a la señora del coche, sabía que había entendido gran parte de su significado.







HISTORIAS DE RESPONSABILIDAS

Caza de sirenas




Hace mucho tiempo, en un isla solitaria rocosa en medio de un océano poco conocido, unas sirenas descansaban en lo alto de unos riscos. A las sirenas les encantaba aprovechar la marea alta para subir y mirar desde allí al horizonte mientras estaba la marea baja. 

El rey del mar les había avisado muchas veces de que eso era peligroso, porque las mantenía expuestas e indefensas.

-Algún día alguien os verá y os dará caza -les decía un día sí y otro el rey del mar. 

-Es imposible subir a lo alto de estos riscos mientras no suba la marea -le decían las sirenas-. Nuestra cola nos permite huir muy rápido de cualquiera.

Un día, mientras las sirenas oteaban el horizonte desde el risco más alto y peligroso de toda la isla, apareció un gran barco.

-Rápido, sirenitas, tenéis que bajar de ahí -les avisó el rey del mar.

-No le dará tiempo a llegar hasta nosotras -dijo una sirena.

-Ni siquiera podrá llegar hasta aquí -dijo otra sirena-. Es demasiado grande. 

Pero se equivocaban. El barco no podía acercarse, cierto, pero del barco salieron decenas de humanos en lanchas motoras. 

-¡Oh, no! -gritó el rey del mar-. Ya vienen. Os cazarán y os llevarán lejos.

Las sirenas empezaron a gritar. Querían bajar, pero con la cola no podían. 

-Tranquilas -dijo una sirena-. Esas lanchas no podrán acercarse mucho. Esta zona es peligrosa y no podrán desembarcar. Mirad, se alejan.

En efecto, las lanchas se alejaron hacia la playa, fuera de la vista de las sirenas, que descansaron tranquilas. Pero poco después….

-¡Se acercan humanos! -gritó una sirena que los vio desde su risco. 

-¡Saltad! -gritó el rey del mar.

-Esto está muy alto -dijo una sirena-. Nos haremos daño.

-Pero ya vienen -dijo el rey del mar-. Os van coger.

-¡Ya hemos llegado! -dijo en ese momento uno de los humanos-. Os rescataremos, señoritas. No sabemos cómo habéis llegado ahí, pero no temáis, estáis a salvo.

-¿Cómo? ¿No venís a cazarnos? -dijo una sirena.

Los humanos se miraron unos a otros, sorprendidos por la pregunta.

-¡No! Os hemos visto ahí arriba y venimos a ayudaros a bajar -dijo un humano-. ¿Por qué querríamos cazaros? Ni que fuerais sirenas o algo así.

-Es que somos…. -empezó a decir una sirena.

-Es que somos escaladoras -interrumpió otra sirena-. Estamos aquí porque nos apetece. 

-Pero no es entretengáis mucho -dijo un humano-. En cuanto suba la marea esto se va a poner muy peligroso. ¿Nos quedamos y os ayudamos a bajar?

-No hace falta, muchas gracias -dijo una sirena-. Se os hace tarde.

-Está bien. Ha sido un placer -dijeron los humanos mientras se alejaban-. Nos vamos a cazar sirenas, que dicen que por aquí hay una isla secreta donde viven muchas.

-¿Qué ha pasado aquí? -preguntó el rey del mar.

-Habrá sido el hechizo de la maga submarina que viene bajo el arrecife de coral -dijo una sirena-. No han visto nuestra cola.

-Pues os habéis salvado por los pelos -dijo el rey del mar-. Ese hechizo solo funciona de día, con la marea baja. En cuanto empiece a anochecer y la marea comience a subir ellos podrán veros.

-Ahora que piensan que aquí no hay sirenas no volverán -dijo una de ellas.

-No te confíes tanto -dijo el rey del mar-. Será mejor que seáis más precavidas y responsables. Si os descubren os ponéis en peligro a vosotras y nos ponéis en peligro a todos.

-Tendremos que buscar otra manera de disfrutar de las vistas -dijo una sirena.

-Mañana buscaremos la forma entre todos -dijo el rey del mar-. De momento, disfrutemos de la cena, que ya está lista.